Sentir dolor persistente en la parte interna del pie o del tobillo no debe considerarse algo normal. En algunos casos, esta molestia puede estar relacionada con los arcos caídos, una afección que ocurre cuando el tendón tibial posterior pierde su capacidad para sostener el arco del pie.
Detectar este problema de forma temprana aumenta las posibilidades de controlar los síntomas mediante tratamientos conservadores y evita que el daño continúe avanzando.
¿Qué son los arcos caídos?
Los arcos caídos, también conocidos como arcos vencidos o disfunción del tendón tibial posterior, aparecen cuando el tendón que ayuda a mantener el arco del pie se debilita o se lesiona.
Este tendón recorre la parte interna de la pierna, desde los músculos de la pantorrilla hasta varios huesos del pie, y desempeña un papel fundamental para mantener la estabilidad al caminar.
Cuando deja de funcionar correctamente, el arco comienza a descender y el pie pierde parte de su soporte natural.
¿Cuáles son las causas?
Existen diferentes factores que pueden provocar una lesión del tendón tibial posterior, entre ellos:
- El desgaste natural asociado con el envejecimiento.
- La práctica repetitiva de deportes de alto impacto.
- Lesiones ocasionadas por caídas o traumatismos.
- El uso excesivo del tendón durante largos períodos.
Además, algunas condiciones pueden aumentar el riesgo de desarrollar esta afección, como:
- Obesidad.
- Diabetes.
- Hipertensión arterial.
- Uso repetido de inyecciones de corticosteroides.
Los arcos caídos son más frecuentes en personas mayores de 40 años y suelen presentarse con mayor frecuencia en mujeres.
Síntomas de los arcos caídos
Los síntomas pueden aparecer de forma gradual y empeorar con el tiempo.
Entre los más frecuentes se encuentran:
- Dolor en la parte interna del pie o del tobillo.
- Inflamación alrededor del tobillo.
- Molestias al caminar o permanecer de pie durante mucho tiempo.
- Dolor que aumenta al realizar actividad física o caminar sobre superficies irregulares.
- Dolor en la parte externa del tobillo cuando el problema progresa y cambia la alineación del pie.
Si estos síntomas persisten, es importante consultar a un profesional de la salud para recibir una evaluación adecuada.
¿Cómo se diagnostican?
El diagnóstico suele comenzar con una exploración física en la que el médico evalúa la forma del pie, la movilidad y la función del tendón.
En algunos casos también pueden solicitarse estudios de imagen, como radiografías, ecografía o resonancia magnética, para conocer el grado de lesión y planificar el tratamiento más apropiado.
Tratamiento de los arcos caídos
El tratamiento depende de la gravedad de la lesión y de los síntomas de cada persona. En las etapas iniciales, muchas personas mejoran con medidas conservadoras.
Entre las opciones más utilizadas se encuentran:
- Reducir o suspender temporalmente las actividades que provocan dolor.
- Aplicar hielo sobre la zona afectada durante 15 a 20 minutos, varias veces al día.
- Utilizar medicamentos antiinflamatorios, siempre bajo indicación médica.
- Bajar de peso cuando exista sobrepeso u obesidad para disminuir la carga sobre el pie.
- Realizar ejercicios y actividades de bajo impacto recomendados por un profesional.
- Utilizar una bota ortopédica o un yeso cuando sea necesario para favorecer el descanso del tendón.
- Emplear plantillas u otros dispositivos ortopédicos que ayuden a sostener el arco del pie.
¿Cuándo puede ser necesaria la cirugía?
Si después de varios meses de tratamiento conservador el dolor continúa o la deformidad sigue avanzando, el especialista puede valorar una intervención quirúrgica.
Dependiendo de cada caso, la cirugía puede incluir la reparación o reconstrucción del tendón, la corrección de la posición de los huesos del pie o la estabilización de determinadas articulaciones para recuperar la función y aliviar el dolor.
La importancia de actuar a tiempo
Los arcos caídos pueden empeorar progresivamente si no reciben tratamiento. Acudir al médico cuando aparecen los primeros síntomas permite iniciar medidas que alivien el dolor, mejoren la función del pie y reduzcan el riesgo de complicaciones.
Con un diagnóstico oportuno y el tratamiento adecuado, muchas personas consiguen controlar la enfermedad y mantener una buena calidad de vida.
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